Espaillat y Luperón: Los Arquitectos de la Democracia que el Caudillismo Destruyó
Se ha debatado con frecuencia si los breves gobiernos de Ulises Francisco Espaillat (1876) y Gregorio Luperón (1879-1880)
En primer lugar, Espaillat y Luperón representaron el compromiso con la alternabilidad democrática y el respeto constitucional. Ulises Francisco Espaillat, farmacéutico de profesión y liberal convencido, fue elegido presidente en marzo de 1876 con el apoyo del Partido Azul liderado por Luperón. Durante su gobierno de apenas seis meses (abril-octubre 1876), intentó gobernar según los dictados constitucionales, algo extraordinario en una época donde los presidentes modificaban la constitución a su conveniencia. Cuando enfrentó rebeliones armadas de los sectores conservadores ("rojos" de Báez), Espaillat prefirió renunciar antes que desatar una guerra civil. Como expresó Manuel de Jesús Galván, fue "el presidente mártir" que se sacrificó, como Duarte, para evitar convertirse en "manzana de la discordia". Por su parte, Gregorio Luperón resistió múltiples veces asumir la presidencia, prefiriendo apoyar a otros líderes. Solo aceptó la presidencia provisional en 1879 cuando el país lo necesitaba urgentemente tras el derrocamiento del tirano Cesáreo Guillermo. Gobernó 14 meses (octubre 1879-septiembre 1880) y entregó el poder voluntariamente, cumpliendo su promesa de no perpetuarse.
En segundo lugar, ambos líderes promovieron la moralización de la administración pública y combatieron la corrupción. Espaillat comenzó su gobierno de manera revolucionaria: rebajó su propio sueldo y el de los altos funcionarios, se negó a firmar decretos de muerte, respetó la libertad de prensa y regularizó las erogaciones gubernamentales. En su memorable mensaje de despedida al Congreso, Espaillat lamentó: "Yo creí de buena fe que lo que más aquejaba a la sociedad de mi país era la sed de justicia, y desde mi advenimiento al Poder procuré ir apagando esa sed eminentemente moral y regeneradora. Pero otra sed aún más terrible la devora: la sed de oro". Esta reflexión reveló su profunda honestidad y su dolor ante la corrupción reinante. Luperón, por su parte, reorganizó la administración local y el ejército, pagó tres años de salarios atrasados a empleados públicos, y ajustó todas las reclamaciones extranjeras de manera transparente. Ambos demostraron que era posible gobernar sin robar.
En tercer lugar, Espaillat y Luperón defendieron las libertades fundamentales y promovieron la participación ciudadana. Espaillat respetó escrupulosamente la libertad de prensa, incluso cuando ésta lo criticaba. Se rodeó de "los hombres más capaces de la nación, al margen de sus adscripciones políticas", buscando un gobierno de unidad nacional que superara las divisiones partidarias. Intentó establecer un "gobierno flexible, de amplia participación popular y de política conciliatoria". Según Luperón, las ideas políticas de Espaillat "debían convertirse en el catecismo político del pueblo dominicano" por su avanzado contenido democrático. Luperón, reconocido líder militar de la Restauración, nunca utilizó su prestigio para imponer su voluntad. Consultaba a intelectuales como Pedro Francisco Bonó, a quien propuso dos veces para la presidencia (Bonó declinó por diferencias ideológicas sobre el modelo de desarrollo, no por temor). Luperón entendió que el poder debía emanar del consenso, no de las armas.
En cuarto lugar, ambos promovieron el desarrollo económico e institucional sin sacrificar principios democráticos. Durante sus administraciones, buscaron estabilizar la economía respetando las instituciones. Luperón y su sucesor, el padre Fernando Arturo de Meriño, "lograron traer relativa estabilidad económica a la república", según documentan los historiadores. No contrajeron deudas irresponsables ni hipotecaron el país a intereses extranjeros. Luperón reorganizó el ejército de manera profesional y reestructuró la administración local para hacerla más eficiente y transparente. Espaillat intentó implementar reformas financieras honestas, aunque enfrentó resistencia de sectores acostumbrados a privilegios y prebendas. Ambos demostraron que el desarrollo no requiere dictadura.
En quinto lugar, Espaillat y Luperón fueron patriotas auténticos que defendieron la soberanía nacional. Espaillat se opuso férreamente a la anexión a España decretada por Santana en 1861, sufriendo el exilio por sus convicciones. Luchó valientemente en la Guerra de Restauración (1863-1865), tanto con recursos económicos propios como con su participación intelectual y militar. Luperón fue figura clave en la Restauración y "patriota dedicado a acabar con la agitación y unir al país". Nunca consideraron vender o hipotecar el territorio nacional a potencias extranjeras, a diferencia de otros caudillos de la época. Su patriotismo no era retórica: Luperón regresó del exilio múltiples veces para defender la República, incluso cuando su vida corría peligro.
Comments
Post a Comment